Los retos de la Inteligencia Artificial (AI)

Ya estoy preparando contenidos para el próximo curso y hoy voy a hacer un artículo sobre uno de los temas que más gustaron este año en una de mis asignaturas: los nuevos avances en Inteligencia Artificial (AI) y que lo implica para nosotros.

La tecnología va dando pasos de gigante para facilitarnos la vida y cada vez, de modo casi invisible, van surgiendo nuevos sistemas computacionales que imitan el comportamiento humano. Tenemos asistentes virtuales de voz en los móviles y ordenadores: SIRI, Cortana; biometría informática con la detección facial y reconocimiento del iris; los agentes virtuales que nos ayudan a aprender idiomas como PARLA o LiLy e incluso personal “shopper” virtuales que nos aconsejan en las compras. Es decir, la AI ya está en “nuestra casa”. Esta capacidad de pensar o de actuar con lógica casi humana nos deja con la boca abierta y más si pensamos en sus implicaciones en las relaciones sociales y en el aprendizaje.

Para introducir el tema vimos la película HER, una película de Spike Jonce en la que un escritor desarrolla una relación amorosa con un sistema operativo de su ordenador, una intuitiva y sensible entidad llamada Samantha. El autor llega a incorporar a Samantha a su vida como si se tratara de una novia real, llevándola con sus amigos, haciéndole partícipe de sus sueños, la incorpora como ayudante en su trabajo e incluso tiene sexo virtual con ella.

El debate surgió y algunas las preguntas a las que tuvimos que responder fueron: Como pedagogo/a ¿en qué aspectos tendría que evolucionar Samantha para ser más humana? ¿Es necesario tener un cuerpo para mantener una relación con una persona? ¿Habría que marcar límites a la Inteligencia Artificial? ¿Cómo podría apoyar la AI al aprendizaje?

Fue un tema que creo que se nos quedó corto para sólo una sesión pero que nos hizo reflexionar bastante sobre nuestro presente y nuestro futuro.

Foto: alumnos de la asignatura Sociedad Digital y Visual de la UB

Anuncios

Estilos diferentes de comunicación

Hoy vamos a hablar de los estilos de comunicación. Existe la creencia extendida de que sólo existe un estilo válido de comunicación, una manera que es la correcta de relacionarnos y de llegar a acuerdos.

En este artículo expongo que no sólo hay un estilo válido, un estilo estándar que sirve como un patrón, sino que hay varios estilos y sistemas de contenidos depende de personas y culturas y de la situación en que nos encontremos. Es todo un arte entender la cultura de nuestro interlocutor, saber cómo es nuestro estilo de comunicación para lograr hacer un engranaje.

Este tema curiosamente ha surgido gracias a una experiencia personal y también en una de mis clases de “Business English”. Estábamos escuchando un audio con diversas maneras de hacer peticiones, analizando la entonación y también el modo de hacer las preguntas en inglés y comparándolas con el español y de repente surgió un debate en relación sobre si el estilo anglosajón es “educado o sensible” o según lo llamaron otros era “afectado y rocambolesco”.

Los británicos, en general, suelen adoptar un estilo de amabilidad sin reservas en el que cuidan desde el modo de preguntar y responder ante cualquier tipo de queja con una sarta de disculpas y con una voluntad de compensación que puede llegar a abrumar. Practicando este estilo, varios de mis alumnos comentaron que lo sentían artificial y falso, como la persona que lo hacía estuviera representando un papel. Lo cierto, es que a primera instancia y como estilo en un ámbito profesional resulta ser cercano y amable, ya que sientes que la otra persona te está teniendo realmente en cuenta en su petición. Está cuidando a su interlocutor. Sin embargo, ¿por qué nos resulta a los españoles tan falso?

En nuestra cultura solemos adoptar un estilo mucho más directo y parco sobre todo en las peticiones. Podríamos decir que va al grano, ahorrándonos todos los rodeos y circunloquios que ponen otras culturas. El resultado es un estilo más parco y desnudo en donde la comunicación funciona a las bravas, directa a lo que se necesita y a lo que gusta o no. Y que a veces puede resultar agresiva y dura aunque también es cierto que puede llegar a ser mucho más clara y entendible que la otra, donde los giros y las vueltas para no ser directos puede acabar diluyendo la petición.

Sabiendo en qué situación estamos podemos hacer uso de los diferentes estilos sin dejar de ser educados o evitando que la otra persona se moleste. Así sabemos que por ejemplo en inglés es mejor preguntar: “Will you be available next week?” a lo que en español podemos decir sin tapujos “¿Quedamos el viernes?

Foto: Alumnos de inglés profesional para negocios

Navegar en época de infoxicación

Foto clase AD 18

Cuando explico que doy clases de alfabetización digital, me hacen curiosas preguntas: ¿enseñas programación, lenguaje binario? ¿a leer en Internet? ¿A manejar las diferentes herramientas digitales? Respondo que sí y no. No enseño programación, sí que acompaño al aprendizaje de herramientas digitales y sobre todo en las habilidades necesarias para ser ciudadanos de Internet.

Uno de los pilares básicos para esta nueva generación de internautas es que puedan desarrollar una visión crítica ante los contenidos, habilidades de negociación para entrar en diferentes espacios, sepan cómo apropiarse contenidos de manera adecuada, puedan utilizar el juego para desarrollar su capacidad de solucionar problemas y sobre todo desarrollen su capacidad creativa para conectar con otras personas.

Ahora mismo vivimos una época de “infoxicación” o intoxicación por información, así que de primeras es difícil discernir los artículos auténticos de los falsos. También es fácil juzgar a una persona con una información obsoleta y fuera de contexto. El hecho de que la información la generen los usuarios ha cambiado las reglas del juego y ahora no sabemos de qué “materia” están hechas las noticias, no sabemos ni el código ético de sus autores, ni el rigor con la que contrastan sus fuentes de información. Por esta razón y porque uno de los pilares de la alfabetización digital es el desarrollo de la capacidad crítica sobre contenidos en Internet decidí que una de las actividades de mis grupos sería que hicieran un artículo que pudiera ser publicable en la Wikipedia.

Lo que hicimos primero fue analizar varios artículos descartados por la comisión evaluadora de contenidos de la Viquipèdia (Wikipedia en catalán) y saber por qué los habían descartado. Había diferentes casos: parcialidad, no registraba fuentes de información contrastables, faltaban referencias e hipervínculos, no era exhaustivo, temas no aptos para una enciclopedia, etc.

Fue un ejercicio interesante ya que aprendimos que no es oro todo lo que reluce y que detrás de un texto bien redactado puede haber mucha publicidad y manipulación, por ejemplo. O también que al no saber quienes eran los autores teníamos que buscar material referenciado.

Los alumnos tuvieron que romperse la cabeza para crear un artículo que fuera adecuado, no estuviera ya publicado y sobre todo que mantuviera un lenguaje imparcial. La búsqueda de referencias de peso también fue otra manera de volver a hacer el mismo ejercicio, porque… ¿Qué tipo de referencia podemos considerar fiable?

El resultado fue variopinto, hubo de todo, pero lo mejor fue el ejercicio de sentarse a pensar y a decidir, a quitar y a añadir. Un ejercicio creativo en sí mismo. Lo repetiré.

Un abrazo para mis alumn@s.

Encabezado: foto de la clase de alfabetización digital de este año.

Un espacio para todos

Siempre he pensado lo importante que son los espacios. Hay muchas teorías de aprendizaje sobre la importancia del espacio físico. Si hay sillas con mesas de brazo plegables, si hay mesas, si hay espacio para levantarse y moverse, si nos podemos sentar en el suelo… Y cómo esto condiciona los aprendizajes. Porque muchas veces tenemos una memoria espacial que recuerda un hecho concreto a partir de una manera en que estábamos sentados, o a quien teníamos a nuestro lado, el lugar desde donde observamos a la pizarra. Los aprendizajes también se producen desde el cuerpo.

El espacio del que quiero hablar hoy es del espacio psicológico. Es decir, el espacio que se crea dentro de una clase. Yo cuido mucho los espacios. Crear uno de confianza plena, donde los alumnos puedan expresarse libremente para equivocarse y rectificar, donde no haya juicio, sino acompañamiento donde se puedan aportar las experiencias y vivencias personales como parte integrante de la clase. Y desde allí reforzar la expresión correcta, adecuada al contexto y a la situación que planteamos.

Desde este espacio se pueden plantear los conflictos que surgen, inevitablemente, porque somos personas y además suelen ser clases con un gran componente multicultural. Con las diferencias culturales de lo que para uno es una broma mientras que para otro no lo es ya que lo recibe como un juicio.

También he comprobado que desde este espacio surgen las necesidades personales de encontrar las palabras, las estructuras necesarias para expresarnos en nuestro trabajo diario y que este vocabulario, estas frases son las que se recordaran y se incorporan en el léxico personal porque son las realmente necesarias para los alumnos, no las que salen en los libros de texto.

Acabo este artículo con la foto del encabezado. Una foto que me gusta mucho porque refleja la alegría y la camaradería de haber acabado y de haber estado acompañado aprendiendo mucho, unos de otros.

Somos la Generación “selfie”

Hoy voy a hablar de una asignatura fantástica que tengo la suerte de impartir: Sociedad Digital y visual.

Me gusta especialmente esta asignatura por muchas razones. Sobre todo porque podemos explorar los retos que nos plantea nuestra sociedad hipertecnológica y hacernos interesantes preguntas. Uno de los temas que vimos en clase es que somos la generación “selfie”. ¿Quién no se hace un “selfie” hoy en día y la cuelga en whatsapp y en las redes sociales? Con los amigos, solos en un lugar determinado o con alguna persona a la que respetamos en particular. Pero la pregunta interesante, al menos para mí es: ¿ Es la generación “selfie” una generación narcisista?

Estuvimos revisando este tema en clase, a través de un debate. Con el culto a la imagen de nuestra sociedad y la necesidad de acumular “likes” constantemente, ¿qué imagen nuestra vendemos? ¿por qué lo hacemos? ¿Qué necesitamos?

Curiosamente, algo tan automático como “postear” una foto se convierte en algo diferente cuando analizamos el porqué o cuando le preguntamos a alguien qué imagen damos y si concuerda con la que queremos dar.

Durante el debate observamos la importancia que concedemos a la opinión que tienen los demás de nosotros. Sobre todo concluimos que tenemos que transmitir una imagen de vida feliz y de exclusividad, porque esto es lo que genera admiración e influencia entre el resto.  Queremos que los demás nos admiren, nos vean, nos reconozcan. Posiblemente porque nosotros no podemos vernos, ni valorarnos personalmente y necesitamos que los demás lo hagan por nosotros.

¿Somos una generación narcisista? Concluimos que sí.  Y para muestra un botón. Al acabar la clase nos hicimos todos un selfie.

El juego, cuanto más, mejor

IMG_20170307_092355

Foto: Los alumnos del curso de Inglés para Agencias de Turismo y Gestión de Eventos- Primavera 2017

Gracias al último curso que hice de inglés he descubierto que para clases de varias horas hay que meter al menos un juego.

Rosa me preguntaba los viernes: “¿hoy jugaremos?”. A todos nos gusta jugar y reírnos. Competir o compartir con los compañeros y poner a prueba nuestros conocimientos y habilidades. Y la verdad es que como las clases duraban hasta las 15.00 horas, hacer un juego a última hora nos venía bien a todos. Durante el curso utilicé varios de ellos.

Algunos típicos como el Ahorcado en inglés para que fueran recordando el vocabulario de las últimas lecciones. También jugamos al Kaleidos, un juego de mesa, basado en unas láminas con multitud de objetos. El reto consiste en formar equipos, sacar una letra del alfabeto y cada grupo debe encontrar la mayor cantidad de objetos que empiecen con esa letra. Gana el equipo que más palabras encuentre. Me sorprendió la cantidad de vocabulario que sabían en inglés.

Otro juego que funcionó muy bien fue el Kahoot. Es un sistema online en el que los alumnos utilizan sus smartphones para realizar sus votaciones. Es bastante sencillo ya que se basa en preguntas preparadas previamente por la profesora, en el que hay cuatro opciones de respuesta. En la pantalla proyectada en la pizarra se puede ir viendo la progresión de las votaciones, así como los aciertos y los errores. Con este juego, que hice dos veces como repaso de vocabulario y gramática de la primera y última parte del curso, nos reímos bastante, ya que hubo un pique bastante sano entre los jugadores.

También hicimos una especie de Trivial aunque en esta ocasión no utilizamos tablero ya que es día no teníamos demasiado tiempo. Las preguntas eran de todo tipo, desde deportes del mundo, expresiones en inglés, temas de cultura internacional, etc. También fue muy divertido ya que animó el espíritu de competición de la clase.

Para repasar temas gramaticales propuse otro juego con “Phrasal verbs”, los verbos compuestos. Repartí frases que estaban dividas por la mitad, de tal manera que una parte complementaba a la otra. Dentro de una de las partes había un “phrasal verb” de tal modo que tenían que encontrar la otra parte para darle significado. Repartí la clase en tres equipos y ganó el que más frases completas encontraron y además tradujo bien su significado. Después hicimos más ejercicios con los verbos aprendidos.

Por último también les propuse que utilizando las “relative clauses” hicieran frases con pistas hablando de una ciudad del mundo y el resto de la clase tenía que adivinar de qué ciudad estaban hablando.

Como conclusión todas las propuestas funcionaron bastante bien, sirvió para distender las clases, dar un poco de aire, repasar conceptos de otra manera y para reírnos.

Muchas gracias a todos los alumnos y alumnas del curso. Fue un placer estar con ellos compartiendo este tiempo.

¿Qué pasa cuándo no definimos bien nuestros objetivos?

En una de mis clases de Alfabetización digital pedí a mis alumnas que hicieran un pequeño proyecto en el que valoran dos apps. Tenían que plantearse la situación de tener que utilizar tablets en el aula para niños de preescolar y seleccionar apps adecuadas para poder enseñar  una parte del curriculo de Educación infantil. Ellas debían escoger el tema y las apps. El trabajo tenía que incluir una app positiva, es decir una app que sirviera para los objetivos establecidos y otra que, a pesar de que en un principio pareciera que sí, realmente no era adecuada.

El formato del proyecto debía ser: debían plantearse objetivos, decidir la edad de los alumnos a los que iba dirigido el proyecto, el tema, explicar el funcionamiento de las apps y lo que es más importante, hacer la prueba real de las dos apps con un niño de esa edad para comprobar que su planteamiento y su opinión eran ajustados a la realidad. Deberían mostrar un vídeo de esta prueba.

Las alumnas realmente hicieron un buen trabajo. Escogieron apps interesantes pero curiosamente todas pincharon en un asunto: la definición de objetivos.

Estamos tan acostumbrados a funcionar sobre la marcha, a adecuarnos a aquello que nos viene dado muchas veces no tenemos claro nuestros propios objetivos. ¿Qué queremos conseguir? ¿Para qué hacemos este proyecto? ¿Por qué incluir unas apps y tablets en unas clases cuando se puede conseguir los objetivos curriculares con el material de siempre?

Si no nos lo planteamos para un proyecto como este, apaga y vámonos.

Al final se convierte en lo de siempre. Utilizar la tecnología porque está de moda, porque es guay, porque hay que integrar la tecnología en el aula. Y no reflexionar para qué, si es necesario. Si los alumnos van a aprender mejor, si van a incorporar un nuevo conocimiento.

Definir objetivos es la esencia de un proyecto. Es la razón por la que vamos a implementar una innovación. ¿Qué sentido tiene hacer un cambio si no tenemos claro lo que queremos conseguir?

Otro de los problemas que nos plantea la tecnología es quedarnos deslumbrados por las posibilidades de las apps y no ver realmente si se adaptan al curriculo, si las tareas son adecuadas para la edad de los estudiantes, si hay demasiadas actividades como para poder cerrar un círculo de aprendizaje.

Los retos de la tecnología están ahí y está claro que en muchos casos pueden favorecer el aprendizaje pero sin objetivos claros ningún proyecto tiene sentido. Así que, yo también he aprendido a no dar las cosas por sentadas y a la necesidad de tratar los objetivos antes de plantear cualquier tarea o proyecto para clase.

Experimentar, probar, equivocarse

Jordi haciendo una exposiciónDesde hace tiempo soy profesora de idiomas, he dado clases de inglés, danés y ruso. Y todas ellas tenían algo en común. A diferencia de otras asignaturas, en las que los alumnos están interesados en el contenido en sí, en las lenguas extranjeras lo importante no es el contenido, sino todo el proceso de aprendizaje que permite ir expresándonos en otra lengua. Porque, ¿qué es el inglés o el ruso? ¿Es algo definido, tangible, acotado?… Es aprender a crear el armazón, la estructura, familiarizarnos con el vocabulario para poder intuir el significado de otras palabras y sacar el significado del contexto.

Creo que es por esto por lo que me gusta tanto dar clases de lenguas extranjeras. Porque lo importante es el proceso, no el fin.

Desde algún tiempo he comprobado que los alumnos quieren unas clases dinámicas donde experimentar el inglés. Por experimentar quiero decir poner en práctica y ver qué pasa con todas esas expresiones que utilizan cuando se comunican, ¿encajan bien? ¿Me falta vocabulario? ¿Se entiende bien lo que quiero decir?

En las clases de este trimestre de nivel intermedio he tenido la suerte de tener dos grupos fantásticos, uno en septiembre y otro en noviembre. ¡Madre mía menudo potencial tenía las clases! Gente con recursos, con experiencia, con conocimientos, con capacidades. La verdad es que los primeros días estaba un poco intimidada. Pensé que realmente tendría que darles algo bueno para que no se marcharan de la clase.

Curiosamente los profesores solemos enfocar estas clases desaprovechando todo el potencial que existe en la clase: hacemos gramática, vocabulario y ejercicios escritos en el 80% del tiempo de las clases cuando el principal ejercicio que necesitan hacer los alumnos es ¡practicar, probar y equivocarse! Y después entre todos buscar otras opciones de expresión que sean más genuinas.

Entiendo las clases de lenguas extranjeras como clases de comunicación pura y dura. En que no sólo se deben aprender diferentes estrategias de comunicación, sino también a ponerlas en situación, en su contexto. Es decir practicar el idioma según los diferentes contextos que van surgiendo en relación a los temas que les interesan. Y sobre todo el sistema para mí es “Inmersión total”. No existen conversaciones entre nativos adaptadas a principiantes, no hay artículos “reales” para aprendices de idioma. Existen noticias, conversaciones, peticiones, entrevistas más complejas o más difíciles pero ante ambas nos tendremos que enfrentar en la vida real sea nuestro nivel de idioma mejor o peor.

Les envío desde aquí un abrazo a todos mis alumnos de inglés por ser tan luchadores, tan valientes, por querer lo mejor para ellos, por querer avanzar y no rendirse. Y por tener paciencia conmigo y ayudarme a mejorar mis clases. ¡Conseguiréis lo que os propondréis, no tengo duda!

Imagen: Jordi haciendo una exposición

El aprendizaje, para que sirva, tiene que ser significativo

img_0482

Cuando se utiliza el idioma sin verdadera importancia, pierde su finalidad como medio de comunicación y se convierte en un fin en sí mismo. Karl Theodor Jaspers

Empecé otro curso este septiembre, alumnos con amplia experiencia profesional, trabajando en el sector. Pensé, nunca hay ningún curso fácil, con el curriculum de todos ellos pensé que éste tampoco lo sería. Pero me asomé a conocerlos un poco mejor, a entender qué necesitaban y ver qué es lo que podía aportar.

Realmente me arriesgué, porqué diseñé todo el programa del curso de inglés enfocado a la comunicación en lengua inglesa. Pensé: ¿para qué necesitan realmente aprender inglés unas personas que estudian sobre turismo y gestión de viajes? Y mi respuesta fue: para poderse comunicar con mayor seguridad con los clientes extranjeros y solucionar cualquier aspecto que pueda surgir en su vida profesional. Así que mi idea fue que aprendiesen técnicas de comunicación en inglés basadas en situaciones reales, de este modo tendrían herramientas para solucionar situaciones y además practicarían la lengua inglesa.

Porque claro, realmente en las lenguas extranjeras, se aprenden los idiomas como fin en sí mismo no se acaba de contextualizar, principalmente porque las clases tienen lugar en instituciones no especializadas como escuelas de idiomas, academias, institutos de secundaria, etc. Pero cuando los profesores tenemos la oportunidad de enfocarnos en un tema, no deberíamos perder la ocasión. Al menos, ésta es mi opinión ya que tenemos la ocasión de aportar contenido realmente significativo para ellos y mejorar el nivel de satisfacción de las clases.

Realmente intenté estar en estas clases lo más activa posible, dándoles un contenido interesante, pero como soy una exagerada (ya lo sé) ya me dijeron que quizás si lo aligerara un poco con más juegos y más “rol-plays” no tendrían la sensación de tener que poner tanto esfuerzo y tanta concentración durante tantas horas. ¡Lo siento Rut!

La verdad es que estas clases significaron para mí un salto adelante como profesora. Me preparé psicológicamente para estar atenta, activa, dinámica, con energía durante las 5 horas seguidas del curso. Pero creo que lo hice con tanto énfasis que al final no había quien me siguiera el ritmo 😉

Bueno, aquí si alguna alumna o alumno me lee quiero decirles que estuve encantada de que me dejaran estar con ellos y de compartir esas horas en inglés. Que pienso que no es tan fácil tener tanto talento junto reunido en las clases y que les deseo lo mejor profesional y personalmente.

Evaluar, determinar, calificar

convention-1410870_960_720

Fuente imagen: Pixabay

Estos cursos que voy dando me hacen pensar seriamente sobre las evaluaciones y las calificaciones y la primera pregunta que se me plantea es ¿es necesario calificar? Estamos acostumbrados a hacerlo, pero poner una nota numérica ¿tiene hoy en día algún sentido, alguna función?

Entiendo que la evaluación sirve para orientar al alumno en relación a su aprendizaje. Pero, ¿no hay otras posibilidades que vayan más hacia un sistema más de acompañamiento y que no sea tanto un sistema de catalogación?

Porque al final poner una nota es como poner una etiqueta. Tú sí, tú no. Tú vales tanto, tu menos. Tú entras dentro de la media, de lo que se espera, del rasero por el que todos se tienen que medir, pero tú no. Y es el profesor el que decide esto. Se nos llena la boca diciendo que la estructura de las clases ha cambiado, que ha pasado de ser vertical y jerárquica a ser horizontal, pero siguen siendo los profesores los que acaban diciendo si uno aprueba o no.

Para mí las calificaciones son terribles. Los alumnos están asustados cuando oyen la palabra evaluación, examen. Personas de todas las edades realmente entran en estados de ansiedad.  Simplemente porque no han tenido buenas experiencias anteriormente y muchos de ellos se encuentran actualmente en situación vulnerable, teniendo que reciclarse a la fuerza y se encuentran inseguros en un mundo competitivo que amenaza con dejarles fuera. Y, para colmo, tienen que enfrentarse a una evaluación después de cada curso de reciclaje.

En uno de los últimos cursos de “Inglés profesional para asistentes de cocina” puse un diez a Joana, una mujer de unos cuarenta y pico años.  Me emocionó lo que me dijo. Se sorprendió de que le hubiera puesto un diez y me dijo que nunca le habían puesto uno. “Bueno sí” –dijo- “una vez en cuarto de primaria, en un trabajo de la fotosíntesis me pusieron un diez y me fui a casa supercontenta”. Joana había estado con todo lo que había podido en las clases, participando, aportando, dentro del ensayo-error tan necesario para aprender. ¿Por qué nos cuesta tanto a los profesores poner el diez?

Yo creo que intervienen varios factores. Uno es que las expectativas de aprendizaje no las pone el alumno, las pone el profesor en relación a unos estándares básicos. Esto ocurre sobre todo en las clases de idiomas. La evaluación se ajusta a un tipo de exámenes tipo y todo gira alrededor de eso. Y está bien, en caso de personas que quieren obtener un diploma, pero ¿todos los que estudian idiomas necesitan un certificado? Entiendo que no. Entonces ¿por qué no es el alumno el que establece sus propios objetivos y se califica de acorde a sus metas?

Otro de los aspectos que afectan a la calificación es el miedo del profesor. El miedo a que el alumno entienda que no tiene nada más que aprender o que el profesor no tenga nada más que ofrecer. Porque parece ser que eso es lo que aparenta que dice un diez. Que ha conseguido su tope. Ya no hay nada más después de esto. Hay profesores que con el diez tienen miedo a darle el poder al alumno. No reservarse nada para ellos. Esas décimas de menos en las notas que el profesor se guarda para sí con la puntualización de … “ha estado bien, pero…” es lo que mantiene en el poder al maestro.

En todas las clases que imparto doy la oportunidad a los alumnos a que se califiquen, que valoren su participación en las clases, el esfuerzo que han puesto y su trabajo para conseguir sus objetivos. Curiosamente, las notas que se ponen en muchos casos son más bajas que mi valoración. Y es que no hay juez más duro que uno mismo.

Curiosamente, si cambias el estilo de las clases, como es lo que yo intento hacer en las mías, es necesario también cambiar la calificación. Sino no, no hay coherencia. No se puede hacer una clase reforzando las capacidades del alumno para luego machacar con unas notas muy estrictas. Realmente, tratando de adultos, deben ser ellos los que establezcan sus metas y se califiquen acordemente a ello. Después está que sean sinceros con ellos mismos. Pero eso ya es cosa suya y su responsabilidad ante su aprendizaje.