El aprendizaje, para que sirva, tiene que ser significativo

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Cuando se utiliza el idioma sin verdadera importancia, pierde su finalidad como medio de comunicación y se convierte en un fin en sí mismo. Karl Theodor Jaspers

Empecé otro curso este septiembre, alumnos con amplia experiencia profesional, trabajando en el sector. Pensé, nunca hay ningún curso fácil, con el curriculum de todos ellos pensé que éste tampoco lo sería. Pero me asomé a conocerlos un poco mejor, a entender qué necesitaban y ver qué es lo que podía aportar.

Realmente me arriesgué, porqué diseñé todo el programa del curso de inglés enfocado a la comunicación en lengua inglesa. Pensé: ¿para qué necesitan realmente aprender inglés unas personas que estudian sobre turismo y gestión de viajes? Y mi respuesta fue: para poderse comunicar con mayor seguridad con los clientes extranjeros y solucionar cualquier aspecto que pueda surgir en su vida profesional. Así que mi idea fue que aprendiesen técnicas de comunicación en inglés basadas en situaciones reales, de este modo tendrían herramientas para solucionar situaciones y además practicarían la lengua inglesa.

Porque claro, realmente en las lenguas extranjeras, se aprenden los idiomas como fin en sí mismo no se acaba de contextualizar, principalmente porque las clases tienen lugar en instituciones no especializadas como escuelas de idiomas, academias, institutos de secundaria, etc. Pero cuando los profesores tenemos la oportunidad de enfocarnos en un tema, no deberíamos perder la ocasión. Al menos, ésta es mi opinión ya que tenemos la ocasión de aportar contenido realmente significativo para ellos y mejorar el nivel de satisfacción de las clases.

Realmente intenté estar en estas clases lo más activa posible, dándoles un contenido interesante, pero como soy una exagerada (ya lo sé) ya me dijeron que quizás si lo aligerara un poco con más juegos y más “rol-plays” no tendrían la sensación de tener que poner tanto esfuerzo y tanta concentración durante tantas horas. ¡Lo siento Rut!

La verdad es que estas clases significaron para mí un salto adelante como profesora. Me preparé psicológicamente para estar atenta, activa, dinámica, con energía durante las 5 horas seguidas del curso. Pero creo que lo hice con tanto énfasis que al final no había quien me siguiera el ritmo 😉

Bueno, aquí si alguna alumna o alumno me lee quiero decirles que estuve encantada de que me dejaran estar con ellos y de compartir esas horas en inglés. Que pienso que no es tan fácil tener tanto talento junto reunido en las clases y que les deseo lo mejor profesional y personalmente.

Evaluar, determinar, calificar

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Fuente imagen: Pixabay

Estos cursos que voy dando me hacen pensar seriamente sobre las evaluaciones y las calificaciones y la primera pregunta que se me plantea es ¿es necesario calificar? Estamos acostumbrados a hacerlo, pero poner una nota numérica ¿tiene hoy en día algún sentido, alguna función?

Entiendo que la evaluación sirve para orientar al alumno en relación a su aprendizaje. Pero, ¿no hay otras posibilidades que vayan más hacia un sistema más de acompañamiento y que no sea tanto un sistema de catalogación?

Porque al final poner una nota es como poner una etiqueta. Tú sí, tú no. Tú vales tanto, tu menos. Tú entras dentro de la media, de lo que se espera, del rasero por el que todos se tienen que medir, pero tú no. Y es el profesor el que decide esto. Se nos llena la boca diciendo que la estructura de las clases ha cambiado, que ha pasado de ser vertical y jerárquica a ser horizontal, pero siguen siendo los profesores los que acaban diciendo si uno aprueba o no.

Para mí las calificaciones son terribles. Los alumnos están asustados cuando oyen la palabra evaluación, examen. Personas de todas las edades realmente entran en estados de ansiedad.  Simplemente porque no han tenido buenas experiencias anteriormente y muchos de ellos se encuentran actualmente en situación vulnerable, teniendo que reciclarse a la fuerza y se encuentran inseguros en un mundo competitivo que amenaza con dejarles fuera. Y, para colmo, tienen que enfrentarse a una evaluación después de cada curso de reciclaje.

En uno de los últimos cursos de “Inglés profesional para asistentes de cocina” puse un diez a Joana, una mujer de unos cuarenta y pico años.  Me emocionó lo que me dijo. Se sorprendió de que le hubiera puesto un diez y me dijo que nunca le habían puesto uno. “Bueno sí” –dijo- “una vez en cuarto de primaria, en un trabajo de la fotosíntesis me pusieron un diez y me fui a casa supercontenta”. Joana había estado con todo lo que había podido en las clases, participando, aportando, dentro del ensayo-error tan necesario para aprender. ¿Por qué nos cuesta tanto a los profesores poner el diez?

Yo creo que intervienen varios factores. Uno es que las expectativas de aprendizaje no las pone el alumno, las pone el profesor en relación a unos estándares básicos. Esto ocurre sobre todo en las clases de idiomas. La evaluación se ajusta a un tipo de exámenes tipo y todo gira alrededor de eso. Y está bien, en caso de personas que quieren obtener un diploma, pero ¿todos los que estudian idiomas necesitan un certificado? Entiendo que no. Entonces ¿por qué no es el alumno el que establece sus propios objetivos y se califica de acorde a sus metas?

Otro de los aspectos que afectan a la calificación es el miedo del profesor. El miedo a que el alumno entienda que no tiene nada más que aprender o que el profesor no tenga nada más que ofrecer. Porque parece ser que eso es lo que aparenta que dice un diez. Que ha conseguido su tope. Ya no hay nada más después de esto. Hay profesores que con el diez tienen miedo a darle el poder al alumno. No reservarse nada para ellos. Esas décimas de menos en las notas que el profesor se guarda para sí con la puntualización de … “ha estado bien, pero…” es lo que mantiene en el poder al maestro.

En todas las clases que imparto doy la oportunidad a los alumnos a que se califiquen, que valoren su participación en las clases, el esfuerzo que han puesto y su trabajo para conseguir sus objetivos. Curiosamente, las notas que se ponen en muchos casos son más bajas que mi valoración. Y es que no hay juez más duro que uno mismo.

Curiosamente, si cambias el estilo de las clases, como es lo que yo intento hacer en las mías, es necesario también cambiar la calificación. Sino no, no hay coherencia. No se puede hacer una clase reforzando las capacidades del alumno para luego machacar con unas notas muy estrictas. Realmente, tratando de adultos, deben ser ellos los que establezcan sus metas y se califiquen acordemente a ello. Después está que sean sinceros con ellos mismos. Pero eso ya es cosa suya y su responsabilidad ante su aprendizaje.

Aprender con ritmo

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Este curso de inglés que hice en octubre fue especial. Me encontré con un nivel básico y gente de procedencia diversa. Era nivel de iniciación pero, también como en otros cursos, había alumnos que tenían algunos conocimientos. Claro, el problema a resolver es éste: cómo intentar qué todos vayamos juntos durante las cinco horas que dura la clase cuando hay personas que necesitan saber decir lo mínimo, cuando unos necesitan un enfoque diferente al habitual (estructura y gramática) y otros afianzar lo que ya saben o ampliar vocabulario.

En este curso recordé unas clases que recibí de danés en Dinamarca. Pasaba algo similar, eran cursos para los que acabábamos de llegar al país. En nuestras clases nos juntábamos estudiantes de traducción, esposas de inmigrantes de países árabes y asiáticos, residentes que venían a mejorar su nivel de idioma, etc. Las clases no seguían el formato habitual. Eran pequeños diálogos y después algunas anotaciones debajo sobre aspectos de gramática o vocabulario. Nos enseñaban a hablar a través del ritmo de las frases. No se intentaba tanto que entendiéramos, como que memorizáramos las frases y siguiéramos el ritmo. La profesora iba dando palmadas con una sonrisa que no se borraba de su cara durante las tres horas de la clase y enunciaba cada diálogo como si estuviera haciendo algo muy divertido. Los primeros días estaba alucinada. No entendía nada. Después sí. Realmente desmontó mis creencias sobre lo que debe ser una clase de idiomas. Me sorprendió de esa profesora que siempre estaba de buen humor con energía. Aprendí de ella, lo importante que es que el profesor esté despierto y activo… sobre todo cuando las clases duran cinco horas y el nivel es inicial.

Con este recuerdo fresco, aunque ya hace unos años, decidí hacer algo parecido. Pequeños diálogos, pocas estructuras, algo de vocabulario básico y a partir de aquí ir construyendo. Para los que necesitaban algo más auditivo, lejos de libros, gramática y textos, un aprendizaje basado  en ritmo, en memorización. Y así estuvimos aprendiendo desde la pronunciación, la entonación, una frase, otra… Por lo menos así mantuve en clase a Antonia, una alumna que desde el primer día se quería marchar de la clase porque no entendía nada. Intenté estar también activa durante esas horas que estuvimos juntos.

La verdad es que me lo pasé muy bien con mis alumnos. Me sorprendió su compañerismo, su atención y cariño entre ellos. También su voluntad por mejorar. Se nota que son personas que tienen la empatía muy desarrollada, tienen lo esencial para poder dedicarse a la hostelería, según mi opinión. Se merecen lo mejor la verdad.  Me hubiera gustado tener más tiempo para poder enseñarles algo más, pero era un curso breve. Al final cada curso es como un viaje en barco en que el trayecto puede ser más breve o más largo y en el que todos aprendemos algo, ellos espero que algo más de inglés, pero yo sobre todo he aprendido a ser más persona.

También desde aquí les agradezco la buena disposición, la paciencia y las ganas de colaborar que tuvieron los alumnos, en especial a Guillermo y Johnson, que me enseñaron la importancia de ser coherente hasta el final, incluso con las notas. 😉