Navegar en época de infoxicación

Foto clase AD 18

Cuando explico que doy clases de alfabetización digital, me hacen curiosas preguntas: ¿enseñas programación, lenguaje binario? ¿a leer en Internet? ¿A manejar las diferentes herramientas digitales? Respondo que sí y no. No enseño programación, sí que acompaño al aprendizaje de herramientas digitales y sobre todo en las habilidades necesarias para ser ciudadanos de Internet.

Uno de los pilares básicos para esta nueva generación de internautas es que puedan desarrollar una visión crítica ante los contenidos, habilidades de negociación para entrar en diferentes espacios, sepan cómo apropiarse contenidos de manera adecuada, puedan utilizar el juego para desarrollar su capacidad de solucionar problemas y sobre todo desarrollen su capacidad creativa para conectar con otras personas.

Ahora mismo vivimos una época de “infoxicación” o intoxicación por información, así que de primeras es difícil discernir los artículos auténticos de los falsos. También es fácil juzgar a una persona con una información obsoleta y fuera de contexto. El hecho de que la información la generen los usuarios ha cambiado las reglas del juego y ahora no sabemos de qué “materia” están hechas las noticias, no sabemos ni el código ético de sus autores, ni el rigor con la que contrastan sus fuentes de información. Por esta razón y porque uno de los pilares de la alfabetización digital es el desarrollo de la capacidad crítica sobre contenidos en Internet decidí que una de las actividades de mis grupos sería que hicieran un artículo que pudiera ser publicable en la Wikipedia.

Lo que hicimos primero fue analizar varios artículos descartados por la comisión evaluadora de contenidos de la Viquipèdia (Wikipedia en catalán) y saber por qué los habían descartado. Había diferentes casos: parcialidad, no registraba fuentes de información contrastables, faltaban referencias e hipervínculos, no era exhaustivo, temas no aptos para una enciclopedia, etc.

Fue un ejercicio interesante ya que aprendimos que no es oro todo lo que reluce y que detrás de un texto bien redactado puede haber mucha publicidad y manipulación, por ejemplo. O también que al no saber quienes eran los autores teníamos que buscar material referenciado.

Los alumnos tuvieron que romperse la cabeza para crear un artículo que fuera adecuado, no estuviera ya publicado y sobre todo que mantuviera un lenguaje imparcial. La búsqueda de referencias de peso también fue otra manera de volver a hacer el mismo ejercicio, porque… ¿Qué tipo de referencia podemos considerar fiable?

El resultado fue variopinto, hubo de todo, pero lo mejor fue el ejercicio de sentarse a pensar y a decidir, a quitar y a añadir. Un ejercicio creativo en sí mismo. Lo repetiré.

Un abrazo para mis alumn@s.

Encabezado: foto de la clase de alfabetización digital de este año.

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Un espacio para todos

Siempre he pensado lo importante que son los espacios. Hay muchas teorías de aprendizaje sobre la importancia del espacio físico. Si hay sillas con mesas de brazo plegables, si hay mesas, si hay espacio para levantarse y moverse, si nos podemos sentar en el suelo… Y cómo esto condiciona los aprendizajes. Porque muchas veces tenemos una memoria espacial que recuerda un hecho concreto a partir de una manera en que estábamos sentados, o a quien teníamos a nuestro lado, el lugar desde donde observamos a la pizarra. Los aprendizajes también se producen desde el cuerpo.

El espacio del que quiero hablar hoy es del espacio psicológico. Es decir, el espacio que se crea dentro de una clase. Yo cuido mucho los espacios. Crear uno de confianza plena, donde los alumnos puedan expresarse libremente para equivocarse y rectificar, donde no haya juicio, sino acompañamiento donde se puedan aportar las experiencias y vivencias personales como parte integrante de la clase. Y desde allí reforzar la expresión correcta, adecuada al contexto y a la situación que planteamos.

Desde este espacio se pueden plantear los conflictos que surgen, inevitablemente, porque somos personas y además suelen ser clases con un gran componente multicultural. Con las diferencias culturales de lo que para uno es una broma mientras que para otro no lo es ya que lo recibe como un juicio.

También he comprobado que desde este espacio surgen las necesidades personales de encontrar las palabras, las estructuras necesarias para expresarnos en nuestro trabajo diario y que este vocabulario, estas frases son las que se recordaran y se incorporan en el léxico personal porque son las realmente necesarias para los alumnos, no las que salen en los libros de texto.

Acabo este artículo con la foto del encabezado. Una foto que me gusta mucho porque refleja la alegría y la camaradería de haber acabado y de haber estado acompañado aprendiendo mucho, unos de otros.

Somos la Generación “selfie”

Hoy voy a hablar de una asignatura fantástica que tengo la suerte de impartir: Sociedad Digital y visual.

Me gusta especialmente esta asignatura por muchas razones. Sobre todo porque podemos explorar los retos que nos plantea nuestra sociedad hipertecnológica y hacernos interesantes preguntas. Uno de los temas que vimos en clase es que somos la generación “selfie”. ¿Quién no se hace un “selfie” hoy en día y la cuelga en whatsapp y en las redes sociales? Con los amigos, solos en un lugar determinado o con alguna persona a la que respetamos en particular. Pero la pregunta interesante, al menos para mí es: ¿ Es la generación “selfie” una generación narcisista?

Estuvimos revisando este tema en clase, a través de un debate. Con el culto a la imagen de nuestra sociedad y la necesidad de acumular “likes” constantemente, ¿qué imagen nuestra vendemos? ¿por qué lo hacemos? ¿Qué necesitamos?

Curiosamente, algo tan automático como “postear” una foto se convierte en algo diferente cuando analizamos el porqué o cuando le preguntamos a alguien qué imagen damos y si concuerda con la que queremos dar.

Durante el debate observamos la importancia que concedemos a la opinión que tienen los demás de nosotros. Sobre todo concluimos que tenemos que transmitir una imagen de vida feliz y de exclusividad, porque esto es lo que genera admiración e influencia entre el resto.  Queremos que los demás nos admiren, nos vean, nos reconozcan. Posiblemente porque nosotros no podemos vernos, ni valorarnos personalmente y necesitamos que los demás lo hagan por nosotros.

¿Somos una generación narcisista? Concluimos que sí.  Y para muestra un botón. Al acabar la clase nos hicimos todos un selfie.

El juego, cuanto más, mejor

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Foto: Los alumnos del curso de Inglés para Agencias de Turismo y Gestión de Eventos- Primavera 2017

Gracias al último curso que hice de inglés he descubierto que para clases de varias horas hay que meter al menos un juego.

Rosa me preguntaba los viernes: “¿hoy jugaremos?”. A todos nos gusta jugar y reírnos. Competir o compartir con los compañeros y poner a prueba nuestros conocimientos y habilidades. Y la verdad es que como las clases duraban hasta las 15.00 horas, hacer un juego a última hora nos venía bien a todos. Durante el curso utilicé varios de ellos.

Algunos típicos como el Ahorcado en inglés para que fueran recordando el vocabulario de las últimas lecciones. También jugamos al Kaleidos, un juego de mesa, basado en unas láminas con multitud de objetos. El reto consiste en formar equipos, sacar una letra del alfabeto y cada grupo debe encontrar la mayor cantidad de objetos que empiecen con esa letra. Gana el equipo que más palabras encuentre. Me sorprendió la cantidad de vocabulario que sabían en inglés.

Otro juego que funcionó muy bien fue el Kahoot. Es un sistema online en el que los alumnos utilizan sus smartphones para realizar sus votaciones. Es bastante sencillo ya que se basa en preguntas preparadas previamente por la profesora, en el que hay cuatro opciones de respuesta. En la pantalla proyectada en la pizarra se puede ir viendo la progresión de las votaciones, así como los aciertos y los errores. Con este juego, que hice dos veces como repaso de vocabulario y gramática de la primera y última parte del curso, nos reímos bastante, ya que hubo un pique bastante sano entre los jugadores.

También hicimos una especie de Trivial aunque en esta ocasión no utilizamos tablero ya que es día no teníamos demasiado tiempo. Las preguntas eran de todo tipo, desde deportes del mundo, expresiones en inglés, temas de cultura internacional, etc. También fue muy divertido ya que animó el espíritu de competición de la clase.

Para repasar temas gramaticales propuse otro juego con “Phrasal verbs”, los verbos compuestos. Repartí frases que estaban dividas por la mitad, de tal manera que una parte complementaba a la otra. Dentro de una de las partes había un “phrasal verb” de tal modo que tenían que encontrar la otra parte para darle significado. Repartí la clase en tres equipos y ganó el que más frases completas encontraron y además tradujo bien su significado. Después hicimos más ejercicios con los verbos aprendidos.

Por último también les propuse que utilizando las “relative clauses” hicieran frases con pistas hablando de una ciudad del mundo y el resto de la clase tenía que adivinar de qué ciudad estaban hablando.

Como conclusión todas las propuestas funcionaron bastante bien, sirvió para distender las clases, dar un poco de aire, repasar conceptos de otra manera y para reírnos.

Muchas gracias a todos los alumnos y alumnas del curso. Fue un placer estar con ellos compartiendo este tiempo.

¿Qué pasa cuándo no definimos bien nuestros objetivos?

En una de mis clases de Alfabetización digital pedí a mis alumnas que hicieran un pequeño proyecto en el que valoran dos apps. Tenían que plantearse la situación de tener que utilizar tablets en el aula para niños de preescolar y seleccionar apps adecuadas para poder enseñar  una parte del curriculo de Educación infantil. Ellas debían escoger el tema y las apps. El trabajo tenía que incluir una app positiva, es decir una app que sirviera para los objetivos establecidos y otra que, a pesar de que en un principio pareciera que sí, realmente no era adecuada.

El formato del proyecto debía ser: debían plantearse objetivos, decidir la edad de los alumnos a los que iba dirigido el proyecto, el tema, explicar el funcionamiento de las apps y lo que es más importante, hacer la prueba real de las dos apps con un niño de esa edad para comprobar que su planteamiento y su opinión eran ajustados a la realidad. Deberían mostrar un vídeo de esta prueba.

Las alumnas realmente hicieron un buen trabajo. Escogieron apps interesantes pero curiosamente todas pincharon en un asunto: la definición de objetivos.

Estamos tan acostumbrados a funcionar sobre la marcha, a adecuarnos a aquello que nos viene dado muchas veces no tenemos claro nuestros propios objetivos. ¿Qué queremos conseguir? ¿Para qué hacemos este proyecto? ¿Por qué incluir unas apps y tablets en unas clases cuando se puede conseguir los objetivos curriculares con el material de siempre?

Si no nos lo planteamos para un proyecto como este, apaga y vámonos.

Al final se convierte en lo de siempre. Utilizar la tecnología porque está de moda, porque es guay, porque hay que integrar la tecnología en el aula. Y no reflexionar para qué, si es necesario. Si los alumnos van a aprender mejor, si van a incorporar un nuevo conocimiento.

Definir objetivos es la esencia de un proyecto. Es la razón por la que vamos a implementar una innovación. ¿Qué sentido tiene hacer un cambio si no tenemos claro lo que queremos conseguir?

Otro de los problemas que nos plantea la tecnología es quedarnos deslumbrados por las posibilidades de las apps y no ver realmente si se adaptan al curriculo, si las tareas son adecuadas para la edad de los estudiantes, si hay demasiadas actividades como para poder cerrar un círculo de aprendizaje.

Los retos de la tecnología están ahí y está claro que en muchos casos pueden favorecer el aprendizaje pero sin objetivos claros ningún proyecto tiene sentido. Así que, yo también he aprendido a no dar las cosas por sentadas y a la necesidad de tratar los objetivos antes de plantear cualquier tarea o proyecto para clase.

Experimentar, probar, equivocarse

Jordi haciendo una exposiciónDesde hace tiempo soy profesora de idiomas, he dado clases de inglés, danés y ruso. Y todas ellas tenían algo en común. A diferencia de otras asignaturas, en las que los alumnos están interesados en el contenido en sí, en las lenguas extranjeras lo importante no es el contenido, sino todo el proceso de aprendizaje que permite ir expresándonos en otra lengua. Porque, ¿qué es el inglés o el ruso? ¿Es algo definido, tangible, acotado?… Es aprender a crear el armazón, la estructura, familiarizarnos con el vocabulario para poder intuir el significado de otras palabras y sacar el significado del contexto.

Creo que es por esto por lo que me gusta tanto dar clases de lenguas extranjeras. Porque lo importante es el proceso, no el fin.

Desde algún tiempo he comprobado que los alumnos quieren unas clases dinámicas donde experimentar el inglés. Por experimentar quiero decir poner en práctica y ver qué pasa con todas esas expresiones que utilizan cuando se comunican, ¿encajan bien? ¿Me falta vocabulario? ¿Se entiende bien lo que quiero decir?

En las clases de este trimestre de nivel intermedio he tenido la suerte de tener dos grupos fantásticos, uno en septiembre y otro en noviembre. ¡Madre mía menudo potencial tenía las clases! Gente con recursos, con experiencia, con conocimientos, con capacidades. La verdad es que los primeros días estaba un poco intimidada. Pensé que realmente tendría que darles algo bueno para que no se marcharan de la clase.

Curiosamente los profesores solemos enfocar estas clases desaprovechando todo el potencial que existe en la clase: hacemos gramática, vocabulario y ejercicios escritos en el 80% del tiempo de las clases cuando el principal ejercicio que necesitan hacer los alumnos es ¡practicar, probar y equivocarse! Y después entre todos buscar otras opciones de expresión que sean más genuinas.

Entiendo las clases de lenguas extranjeras como clases de comunicación pura y dura. En que no sólo se deben aprender diferentes estrategias de comunicación, sino también a ponerlas en situación, en su contexto. Es decir practicar el idioma según los diferentes contextos que van surgiendo en relación a los temas que les interesan. Y sobre todo el sistema para mí es “Inmersión total”. No existen conversaciones entre nativos adaptadas a principiantes, no hay artículos “reales” para aprendices de idioma. Existen noticias, conversaciones, peticiones, entrevistas más complejas o más difíciles pero ante ambas nos tendremos que enfrentar en la vida real sea nuestro nivel de idioma mejor o peor.

Les envío desde aquí un abrazo a todos mis alumnos de inglés por ser tan luchadores, tan valientes, por querer lo mejor para ellos, por querer avanzar y no rendirse. Y por tener paciencia conmigo y ayudarme a mejorar mis clases. ¡Conseguiréis lo que os propondréis, no tengo duda!

Imagen: Jordi haciendo una exposición

El aprendizaje, para que sirva, tiene que ser significativo

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Cuando se utiliza el idioma sin verdadera importancia, pierde su finalidad como medio de comunicación y se convierte en un fin en sí mismo. Karl Theodor Jaspers

Empecé otro curso este septiembre, alumnos con amplia experiencia profesional, trabajando en el sector. Pensé, nunca hay ningún curso fácil, con el curriculum de todos ellos pensé que éste tampoco lo sería. Pero me asomé a conocerlos un poco mejor, a entender qué necesitaban y ver qué es lo que podía aportar.

Realmente me arriesgué, porqué diseñé todo el programa del curso de inglés enfocado a la comunicación en lengua inglesa. Pensé: ¿para qué necesitan realmente aprender inglés unas personas que estudian sobre turismo y gestión de viajes? Y mi respuesta fue: para poderse comunicar con mayor seguridad con los clientes extranjeros y solucionar cualquier aspecto que pueda surgir en su vida profesional. Así que mi idea fue que aprendiesen técnicas de comunicación en inglés basadas en situaciones reales, de este modo tendrían herramientas para solucionar situaciones y además practicarían la lengua inglesa.

Porque claro, realmente en las lenguas extranjeras, se aprenden los idiomas como fin en sí mismo no se acaba de contextualizar, principalmente porque las clases tienen lugar en instituciones no especializadas como escuelas de idiomas, academias, institutos de secundaria, etc. Pero cuando los profesores tenemos la oportunidad de enfocarnos en un tema, no deberíamos perder la ocasión. Al menos, ésta es mi opinión ya que tenemos la ocasión de aportar contenido realmente significativo para ellos y mejorar el nivel de satisfacción de las clases.

Realmente intenté estar en estas clases lo más activa posible, dándoles un contenido interesante, pero como soy una exagerada (ya lo sé) ya me dijeron que quizás si lo aligerara un poco con más juegos y más “rol-plays” no tendrían la sensación de tener que poner tanto esfuerzo y tanta concentración durante tantas horas. ¡Lo siento Rut!

La verdad es que estas clases significaron para mí un salto adelante como profesora. Me preparé psicológicamente para estar atenta, activa, dinámica, con energía durante las 5 horas seguidas del curso. Pero creo que lo hice con tanto énfasis que al final no había quien me siguiera el ritmo 😉

Bueno, aquí si alguna alumna o alumno me lee quiero decirles que estuve encantada de que me dejaran estar con ellos y de compartir esas horas en inglés. Que pienso que no es tan fácil tener tanto talento junto reunido en las clases y que les deseo lo mejor profesional y personalmente.

Evaluar, determinar, calificar

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Fuente imagen: Pixabay

Estos cursos que voy dando me hacen pensar seriamente sobre las evaluaciones y las calificaciones y la primera pregunta que se me plantea es ¿es necesario calificar? Estamos acostumbrados a hacerlo, pero poner una nota numérica ¿tiene hoy en día algún sentido, alguna función?

Entiendo que la evaluación sirve para orientar al alumno en relación a su aprendizaje. Pero, ¿no hay otras posibilidades que vayan más hacia un sistema más de acompañamiento y que no sea tanto un sistema de catalogación?

Porque al final poner una nota es como poner una etiqueta. Tú sí, tú no. Tú vales tanto, tu menos. Tú entras dentro de la media, de lo que se espera, del rasero por el que todos se tienen que medir, pero tú no. Y es el profesor el que decide esto. Se nos llena la boca diciendo que la estructura de las clases ha cambiado, que ha pasado de ser vertical y jerárquica a ser horizontal, pero siguen siendo los profesores los que acaban diciendo si uno aprueba o no.

Para mí las calificaciones son terribles. Los alumnos están asustados cuando oyen la palabra evaluación, examen. Personas de todas las edades realmente entran en estados de ansiedad.  Simplemente porque no han tenido buenas experiencias anteriormente y muchos de ellos se encuentran actualmente en situación vulnerable, teniendo que reciclarse a la fuerza y se encuentran inseguros en un mundo competitivo que amenaza con dejarles fuera. Y, para colmo, tienen que enfrentarse a una evaluación después de cada curso de reciclaje.

En uno de los últimos cursos de “Inglés profesional para asistentes de cocina” puse un diez a Joana, una mujer de unos cuarenta y pico años.  Me emocionó lo que me dijo. Se sorprendió de que le hubiera puesto un diez y me dijo que nunca le habían puesto uno. “Bueno sí” –dijo- “una vez en cuarto de primaria, en un trabajo de la fotosíntesis me pusieron un diez y me fui a casa supercontenta”. Joana había estado con todo lo que había podido en las clases, participando, aportando, dentro del ensayo-error tan necesario para aprender. ¿Por qué nos cuesta tanto a los profesores poner el diez?

Yo creo que intervienen varios factores. Uno es que las expectativas de aprendizaje no las pone el alumno, las pone el profesor en relación a unos estándares básicos. Esto ocurre sobre todo en las clases de idiomas. La evaluación se ajusta a un tipo de exámenes tipo y todo gira alrededor de eso. Y está bien, en caso de personas que quieren obtener un diploma, pero ¿todos los que estudian idiomas necesitan un certificado? Entiendo que no. Entonces ¿por qué no es el alumno el que establece sus propios objetivos y se califica de acorde a sus metas?

Otro de los aspectos que afectan a la calificación es el miedo del profesor. El miedo a que el alumno entienda que no tiene nada más que aprender o que el profesor no tenga nada más que ofrecer. Porque parece ser que eso es lo que aparenta que dice un diez. Que ha conseguido su tope. Ya no hay nada más después de esto. Hay profesores que con el diez tienen miedo a darle el poder al alumno. No reservarse nada para ellos. Esas décimas de menos en las notas que el profesor se guarda para sí con la puntualización de … “ha estado bien, pero…” es lo que mantiene en el poder al maestro.

En todas las clases que imparto doy la oportunidad a los alumnos a que se califiquen, que valoren su participación en las clases, el esfuerzo que han puesto y su trabajo para conseguir sus objetivos. Curiosamente, las notas que se ponen en muchos casos son más bajas que mi valoración. Y es que no hay juez más duro que uno mismo.

Curiosamente, si cambias el estilo de las clases, como es lo que yo intento hacer en las mías, es necesario también cambiar la calificación. Sino no, no hay coherencia. No se puede hacer una clase reforzando las capacidades del alumno para luego machacar con unas notas muy estrictas. Realmente, tratando de adultos, deben ser ellos los que establezcan sus metas y se califiquen acordemente a ello. Después está que sean sinceros con ellos mismos. Pero eso ya es cosa suya y su responsabilidad ante su aprendizaje.

Aprender con ritmo

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Este curso de inglés que hice en octubre fue especial. Me encontré con un nivel básico y gente de procedencia diversa. Era nivel de iniciación pero, también como en otros cursos, había alumnos que tenían algunos conocimientos. Claro, el problema a resolver es éste: cómo intentar qué todos vayamos juntos durante las cinco horas que dura la clase cuando hay personas que necesitan saber decir lo mínimo, cuando unos necesitan un enfoque diferente al habitual (estructura y gramática) y otros afianzar lo que ya saben o ampliar vocabulario.

En este curso recordé unas clases que recibí de danés en Dinamarca. Pasaba algo similar, eran cursos para los que acabábamos de llegar al país. En nuestras clases nos juntábamos estudiantes de traducción, esposas de inmigrantes de países árabes y asiáticos, residentes que venían a mejorar su nivel de idioma, etc. Las clases no seguían el formato habitual. Eran pequeños diálogos y después algunas anotaciones debajo sobre aspectos de gramática o vocabulario. Nos enseñaban a hablar a través del ritmo de las frases. No se intentaba tanto que entendiéramos, como que memorizáramos las frases y siguiéramos el ritmo. La profesora iba dando palmadas con una sonrisa que no se borraba de su cara durante las tres horas de la clase y enunciaba cada diálogo como si estuviera haciendo algo muy divertido. Los primeros días estaba alucinada. No entendía nada. Después sí. Realmente desmontó mis creencias sobre lo que debe ser una clase de idiomas. Me sorprendió de esa profesora que siempre estaba de buen humor con energía. Aprendí de ella, lo importante que es que el profesor esté despierto y activo… sobre todo cuando las clases duran cinco horas y el nivel es inicial.

Con este recuerdo fresco, aunque ya hace unos años, decidí hacer algo parecido. Pequeños diálogos, pocas estructuras, algo de vocabulario básico y a partir de aquí ir construyendo. Para los que necesitaban algo más auditivo, lejos de libros, gramática y textos, un aprendizaje basado  en ritmo, en memorización. Y así estuvimos aprendiendo desde la pronunciación, la entonación, una frase, otra… Por lo menos así mantuve en clase a Antonia, una alumna que desde el primer día se quería marchar de la clase porque no entendía nada. Intenté estar también activa durante esas horas que estuvimos juntos.

La verdad es que me lo pasé muy bien con mis alumnos. Me sorprendió su compañerismo, su atención y cariño entre ellos. También su voluntad por mejorar. Se nota que son personas que tienen la empatía muy desarrollada, tienen lo esencial para poder dedicarse a la hostelería, según mi opinión. Se merecen lo mejor la verdad.  Me hubiera gustado tener más tiempo para poder enseñarles algo más, pero era un curso breve. Al final cada curso es como un viaje en barco en que el trayecto puede ser más breve o más largo y en el que todos aprendemos algo, ellos espero que algo más de inglés, pero yo sobre todo he aprendido a ser más persona.

También desde aquí les agradezco la buena disposición, la paciencia y las ganas de colaborar que tuvieron los alumnos, en especial a Guillermo y Johnson, que me enseñaron la importancia de ser coherente hasta el final, incluso con las notas. 😉

Alumnos de hostelería en el corazón

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Hay personas que se llevan consigo cuando tienes la ocasión de conocerlas mejor. Es lo que me suele pasar con mis alumnos. Se crea un espacio mágico cuando puedes llegar a ellos, cuando entiendes sus dificultades del mismo modo que recuerdo las mías cuando estaba sentada en sus sillas. Realmente quiero que aprendan todo lo que puedan, pienso que nuestro tiempo es precioso como para estar en un lugar donde no se puede aprender lo que uno necesita. A mis alumnos de la promoción 2015-16 de Inglés Profesional para Hostelería los llevo en mi corazón por su coraje, por su entrega, por su profesionalidad, por el amor a su trabajo.

No fue un comienzo fácil.

Al llegar al aula me encontré con un gran grupo heterogéneo de adultos de varias edades, diversas experiencias y varios niveles de inglés con todo lo que implica. Tenía personas que no sabían decir una palabra en inglés, unas que venían a mejorar su nivel, y otras que sabían defenderse pero les faltaba la estructura, el armazón que les permitía ir construyendo sobre seguro. Esta situación se producía porque no se había pedido había ningún nivel mínimo de inglés para poder acceder a este curso.

A los pocos días me di cuenta de la necesidad de delimitar las expectativas de los alumnos. Es decir, poner el perímetro entre lo que podía llegar a conseguir en las clases y lo que necesitaba cada estudiante. Pero claro, eso implicaba dejar a gente fuera. Personas que necesitaban este curso para mejorar laboralmente. Era un curso gratuito ofrecido por la Consellería de treball de la Generalitat y una gran parte de los alumnos que asistía recibía un salario mínimo por lo que no se planteaban pagar ellos mismos las clases de inglés.

La cuestión se puso de manifiesto ya el tercer día, empecé a explicar un asunto de gramática avanzada, no me expliqué muy bien la verdad, y algunos alumnos empezaron a levantarse y a salir de la clase. Me quedé agobiadísima, pensando en lo mal que lo estaba haciendo. Pude hablar con algunos de ellos y tuve opiniones muy diferentes. Desde los que les parecía demasiado fácil, hasta los que me dijeron que no entendían nada.

Por un momento pensé en renunciar. La única solución posible era crear material de cero y aportar material para tres niveles en cada clase. Un grandísimo esfuerzo con el que no contaba este año. Me frustró un poco el pensar se podría haber evitado esta situación con una primera prueba de acceso y una formación por niveles, pero la realidad es que no se había hecho previamente y ahora tenía a toda una gran variedad de alumnos sentados delante de mí.

Después pensé en que tanto que se hablaba en la facultad de educación en la atención a la diversidad y yo allí tenía un claro ejemplo de a lo que se tenían que enfrentar algunos profesores en sus clases. Tenía que pasar por esa experiencia antes de poder dar clase sobre esto aunque implicara un sobresfuerzo. Al final había decidido ser profesora por algo, así que así lo hice.

Dejé mi frustración y mi ego a un lado, me disculpé por no haber entendido lo que necesitaban desde un principio y preparé toda una lección especializada y detallada para los principiantes y los que no tenían una buena base así como material adicional para los avanzados.

A partir de aquí, a partir de que me impliqué cien por cien, con todo lo que podía, fue cuando todo fue sobre ruedas. Sentía que se iba avanzando poco a poco, como una gran máquina pesada que va lenta pero segura hacia su objetivo. Pude estar también con aquellos que tenían un nivel más alto de inglés. Atenderles en lo que requerían. También intenté luchar por todos los alumnos, por aquellos que necesitaban más tiempo para responder y no siempre se da en las clases, como por aquellos que pensaban que el inglés no era para ellos. Intenté quise dar una oportunidad a todos los que se bloqueaban mentalmente, al final éste es el mayor lastre en un aprendizaje.

Al final fue una experiencia maravillosa estupenda donde no sólo creamos un auténtico grupo que podíamos estar bien, hablando de diferentes temas, sobre todo en inglés. También fue una oportunidad fantástica para mí como profesora. Pude superarme, enfrentarme a mis limitaciones e implicarme con mis alumnos como ellos lo necesitaban. Para mí fue una experiencia docente muy rica y emocional en la que tuve la suerte de conocer un poco más a mis alumnos, a quienes recordaré durante mucho tiempo.